Publicidad:
La Coctelera
1

LAS ESCUELAS TEMPORERAS Y DE MAESTROS BABIANOS

 

LA ESCUELA PRIMARIA EN ASTURIAS (pp. 172-174)

Ángel Mato Díaz

Dir Prov Asturias 1992

 

 

6.2.2.3. Las Escuelas temporeras y de Maestros Babianos.

 

Las áreas de media y alta montaña en Asturias presentaban una forma de escolariza­ción adaptada a la dura realidad circundante como es la escuela temporera. La mayor parte de la región asturiana se extiende por zonas de montaña con relieves abruptos y fuertes pendientes abiertas por la capacidad erosiva de la red fluvial. La climatología rigurosa, con un régimen de precipitaciones acuosas y níveas regular e intenso, dificulta aún más las comunicaciones haciendo intransitables los caminos por el barro y por la nieve. Además, unas actividades económicas únicamente agropecuarias y un hábitat disperso generan mul­titud de entidades de población (pueblos, aldeas, caserías, lugares, brañas) con escasas posibilidades de relación. En estas áreas no existían escuelas nacionales y las que había distaban varios kilómetros, y también horas, de los núcleos habitados, por lo que la asistencia infantil era muy reducida.

 

Por todo ello,     aparecieron, ya a finales del siglo XIX, escuelas temporeras que funcionaban desde noviembre hasta marzo en las pequeñas aldeas de las zonas altas o en las brañas, con la finalidad de aprovechar los meses fríos de invierno para dar un mínimo de conoci­mientos básicos a niños y muchachos. Estas escuelas fueron llamadas temporeras, o de tem­porada o invernales, y surgieron en los concejos  montañosos asturianos, limítrofes con León, sobre todo en los municipios de Cangas de Narcea y Tineo. La enseñanza se daba en las casas de la aldea, por turno o eligiendo la más adecuada, o en el pórtico de la iglesia, utilizando cualquier libro para la lectura y en bancos aportados por los propios alumnos. Los profesores eran también gentes del mundo rural, habituados a las dificultades de la vida campesina, con escasos conocimientos culturales y sin título oficial, pero con el hábito de enseñar a leer basándose en métodos repetitivos y memorísticos, que eran denominados maestros porque ejercían función de tales. Unas veces se les llamaba maestros "babianos" por su procedencia mayoritaria de las comarcas leonesas de la Babia y las Omañas, otras simplemente "maestros sin título"; en Tineo se les conocía como "lazariegos" y en Villablino con el apodo "catapo­tes", por la práctica de comer cada día en una casa. Las primeras noticias escritas que tene­mos de las escuelas temporeras proceden de FERMÍN CANELLA:

 

"Otro tanto aconteció y sigue en concejos montañosos y apartados de Asturias con estas escuelas temporeras. Los vecinos, ya por escote o con auxilio municipal, buscan y pagan a un "maestro", que suele ser un rapaz aprove­chado, un  licenciado del ejército, un habilitado con certificado de aptitud, etc.,  que enseña a leer un poco y a escribir mal, más las cuatro reglas aritméticas. En algunas partes los vecinos mantenían por            semanas al flamante profesor; la enseñanza era de sol a sol y  por la noche había clase general de doctrina cris tiana; reportando utilidad evidente en esta región de población diseminada a gran distancia y con caminos difíciles al sitio de la pobre escuela" (15).

 

Las referencias posteriores sobre estas escuelas se trasladan al tema de los maestros, sobre todo a la sorprendente tradición de la feria de los maestros babianos, la de Gera (Tineo) y la de Lete, y al carácter temporal y satisfactorio de su actuación, como vemos en los textos de A. J. ONIEVA y LUIS BELLO (16). BELLO, sobre todo, insistía en que, más que una deplorable leyenda, estas escuelas constituían una buena muestra de la lucha con­tra la ignorancia por parte de los sectores más aislados y abandonados por la sociedad, cuyos maestros "no dejan de cumplir un elevado fin". La tradición de las ferias de maestros existía también en el sur de Francia, donde los maestros exhibían también varias plumas como sím­bolo de su capacidad pedagógica: una pluma significaba que podían enseñar a leer, dos a leer y escribir, y tres plumas que además conocían los rudimentos de la aritmética (17).

 

Las escuelas temporeras eran corrientes en muchas zonas montañosas como una prác­tica habitual, al margen de las citas literarias, sobre lodo en los concejos grandes como Cangas de Narcea y Tineo. En Cangas de Narcea aparecen numerosos maestros en los libros de sesiones del municipio que solicitaban "poner escuela en invierno" y una sub­vención municipal. En 1923 registramos la existencia de 13 maestros subvencionados con cantidades que van desde 125 pts. (sólo uno), 50 pts. (seis) y 25 pts. el resto (l8). Pero el número de escuelas temporeras debía de ser muy superior, ya que en los años siguientes fueron financiadas algunas de las anteriores y otras nuevas, resultando en total cerca de treinta. La pervivencia del sistema de escuela temporera queda patente en el Informe del Delegado Gubernativo de Cangas de Narcea, que aludía también a las ferias de maestros:

 

"Este inconveniente se viene evitando con personas que dedican los inviernos a enseñar lo poco que saben mediante un contrato con los vecinos. Hay anualmente dos  ¡ferias de maestros! de estos remedos de maestros, que la mayor parte proceden de la próxima región leonesa de las Babias" (19).

 

También, a lo largo de los años treinta, subsistieron las escuelas de temporada en Cangas de Narcea. Aunque las creaciones de los años de la República fueron numerosas, 45 en todo el período, todavía se mantuvieron otras 36 escuelas particulares invernales, subvencionadas por el Ayuntamiento. En Tineo también se detecta la existencia de muchas escuelas temporeras, pero carecían de subvención municipal por lo que no conocemos con exactitud su número. El propio Delegado Gubernativo del concejo reconocía que no se les podía denegar la autorización de funcionamiento porque eran el único remedio ante la escasez de escuelas. Durante los años treinta funcionaron más de 20 escuelas de maestros babianos según el "Proyecto de Pueblo Infantil de Tineo" (20), un plan de concentración escolar con internado que analizaremos posteriormente. Luarca mantuvo ayudas para 22 escuelas de maestros particulares localizadas en las brañas interiores del concejo.

 

En otros muchos municipios hubo escuelas temporeras aunque en número más reducido. Tanto en la zona oriental y occidental se detecta, de forma imprecisa, la existencia de ellas y hasta en el centro de Asturias aparece algún caso (en Laviana se habla de cuatro maestros temporeros subvencionados, en Ponga también se les daba la denominación de "babianos"). En conjunto podría sumar un centenar de unidades escuela que tenía una gran importancia pues, aunque practicaran una subescolarización evidente, llegaban a zonas difíciles y alejadas condenadas a una crónica marginación.

 

 

15. CANELLA SECADES, F. Historia de la Universidad  p 436

16. ONIEVA, A.J. describe la feria de maestros de Gera en su novela Entre montañas donde reivindica la labor social y cultural del maestro rural. Ver también LUIS BELLO: Viaje por las escuelas de Asturias. Gijón 1985, p 59

17. CIPOLLA, C: Educación y desarrollo en Occidente, Barcelona, 1983, p.36

18. Libros y Actas del Pleno y de la Permanente Municipal de 1923 a 1926, A.M de Cangas de Narcea..

19. Informe sobre el estado de la enseñanza en Partido Judicial de Cangas de Tineo. Breve memoria de acuerdo con la R.O. de 28 de agosto último, por el Inspector de Primera Enseñanza Eduardo de Fraga, Oviedo, 1924 p.3 A.G.A. (M.E.C.), LEGAJO 16.755/27

20. El Magisterio Nacional, 29 de abril de 1933

 

0

UNA FERIA DE MAESTROS (Entre montañas)

ENTRE MONTAÑAS

Antonio J. Onieva 1922

Cap. XVII (pp. 59-63)

.

UNA FERIA DE MAESTROS

.

Don Saturnino Cagigal, el siempre triste y silencioso maestro de Turuelves, se levantó aquel día muy temprano; miró al cielo, tornasolado con las primeras luces del alba; se embutió en un ruso(1) con vueltas de astracán y se vino a Castrido.

- Amigo José -le dijo a su compañero-. Me hiciste saber un día que querías ver la feria de maestros babianos.

- Es cierto.

- Pues hoy precisamente es el día, único del año, en que dicha feria tiene lugar. Con que, sus y adelante.

Desayunaron juntos sendos tazones de café con leche, y tomaron el camino de Lete(2), pueblecillo de un concejo limítrofe que se hace memorable en un determinado día del mes de noviembre, el día de San Andrés, por el importante mercado que allí se celebra, al cual concurren gentes de toda la comarca.

(3)

Sin más incidencias dignas de nota hízose la llegada al pueblo de Lete, formado por una docena de caseríos insignificantes, con su hermoso campo de castaños seculares, que era el punto donde la feria tenía lugar.

Cerca de las doce sería cuando los dos compañeros hicieron su entrada en el campo. Un hormiguero humano pululaba por todas partes. Aldeanos con blusa corta, chaquetilla de paño o zamarra, y sombrero de alas anchas y levantadas; tratantes en grande con gruesos abrigos y polainas; pastores con montera de lana y pesado chaquetón de piel de cordero; mujerucas de faldas recias, anchas y cortas, ribeteadas de rojo, bajo las cuales asomaban los palillos negros de las piernas terminadas en enormes almadreñas

-conjunto semejante al de las caricaturas de las mujeres holandesas-; chiquillos medio desnudos rodeando a los gaiteros mientras lanzaban las notas más agudas de su instrumento junto a los mejores ejemplares en venta… Una muchedumbre de gentes, en fin, discurría en todas direcciones, como sin objeto, hablando a gritos, abriéndose paso con las guiadas o pértigas, lanzando un sonoro ijujú al paso de la gaita.

En una parte del campo se agrupaba el ganado vacuno, atado a los castaños, o bien sujeto del ronzal por sus mismos dueños. Eran vacas y xatos o terneros, en su mayor parte; ejemplares, a veces, admirables de aspecto, cabeza pequeña, piel sedosa y ubre amplia y sonrosada. A su lado, compradores y vendedores trataban del precio en reales, cantando por miles, y lo trataban vociferando cual si riñeran, con las diestras unidas, como concertando un pacto sagrado, y dándose tan formidables tirones, que no parecía sino que querían arrancarse los brazos de las coyunturas.

A José Miguel le entretenía extraordinariamente este procedimiento ritual de la compra venta:

-Siete mil reales.

-Tienen que ser ocho mil.

-Siete mil.

-Ocho mil.

Soltábanse las manos. Intervenían los adláteres. El dueño cantaba por centésima vez las excelencias de la vaca, que “lo mismo torna a la izquierda que a la derecha”.

-Trae aquí esa mano. “Doite siete mil quinientos”.

-Tien’que ser ocho mil.

-Siete mil quinientos

-Ocho mil.

Y vuelta a los tirones, que por fin terminaban en una palmada seguida de una sacudida brutal…, y en los ocho mil reales, con el otrosí de que el comprador debía pagar la sidra para festejar el término del contrato.

En los puestos del ganado de cerda, el derecho formulario relativo a la compraventa apenas requería la intervención de una palmada. Parecía como si toda aquella aldeanería reconociese, no sólo la menor importancia de la transacción, sino la escasa dignidad del animal, que por no haber sido jamás sagrado, excluía todo rito y quitaba dignidad al pacto.

Dieron los dos amigos una vuelta por el lugar destinado al ganado caballar y lanar, menos concurrido que los dos primeros. Recorrieron los puestos de quesos y mantecas, cubiertos de hojas de castaño, y abocaron por fin al “mercado de maestros”. Mas enterados de que éste adquiría todo su auge y vigor por la tarde, una vez terminados los tratos de ganado, decidieron buscar una casa de comidas, donde, con toda tranquilidad dieron feliz acabamiento a una rica tortilla de jamón ilustrada con varios tragos de sidra.

***

Acompañados del maestro de Lete, un señor de avanzada edad, llamado D. Ramiro, se dirigieron los de Turuelves y Castrado al ferial de maestros.

-No son maestros titulares estos babianos –díjoles D. Ramiro-. Ni tienen siquiera certificado de aptitud. Son aldeanos de la región de Las Babias, en León, que vienen a esta provincia a dar escuela durante el invierno. Generalmente se les contrata para pueblecitos donde no hay escuela nacional, y en determinados casos no puede negarse que hacen un buen servicio, puesto que muchachos que forzosamente se verían incapacitados para aprender por lo menos a leer y escribir, lo hacen con estos individuos que no saben de otro procedimiento que el del “machaqueo”. Es un repeticionismo monótono y pesado hasta la exageración, pero para ellos el único eficaz de la pedagogía. Véanlos ustedes allá…; son inconfundibles.

Acercáronse los tres juntos a un grupo de hombres y muchachos reunidos en corrillos; otros puestos en fila, dispuestos a vender su saber como aquel sabio griego que en lugar público vendía prudencia.

Vestían invariablemente traje de pana; tocábanse con boina; envolvíanse el cuello en una bufanda, una de cuyas puntas caía sobre el hombro; llevaban sobre la espalda, a manera de mochila, un atadijo con cintas blancas; calzaban bota fuerte, guarnecida de clavos, y casi ninguno carecía de reloj sujeto con gruesa cadena. Instrumento habitual era un grueso garrote de nudos o cayada fuerte, labrada por ellos mismo a punta de navaja.

Precisamente en el mismo momento en que los tres compañeros se acercaban a los maestros babianos, unos aldeanos de un pueblecillo próximo se disponían a contratar a uno de ellos.

-A ver –gritó un babiano dando una palmada.

Los demás se pusieron en fila. El aldeano de más viso la recorrió con la mirada, como estudiando las cataduras, y por fin se dirigió a uno de ellos. Más como viera allí al maestro de Lete, le dijo:

-Don Ramiro, ¿quiere usted examinar a éste?

Don Ramiro se acercó al babiano.

-Vamos a ver, ¿qué sabe usted?

El babiano descolgó inmediatamente su mochila y sacó de ella un libro, un cuerno con tinta, papel y pluma. El libro era el “Guía del artesano”.

-Yo sé leer “de corrido”, como se puede probar. Y sé “echar firmas”. Y sé también “cuentas”. Y además toco el acordeón.

-¿Qué cuentas?

-De las 4 clases (4). Y además problemas. Como aquel que dice: “¿Cuánto valen siete sardinas y media a perrina y media sardina y media”? (5)

-Todos ustedes vienen con el mismo problema. Parece que no hay otros problemas en el mundo.

-Sé también el de las vendedoras de huevos que se preguntaban cuántos tenía cada una. Y sé también el del gitano que entró con dinero a una iglesia de tres altares.

-¿Y nada más?

-Aparte de la escuela, sé el modo de tocar la campana para desconxurar (disolver y alejar) la nueva. Y hago dibujos de navaja en los bastones y las madreñas. Y sé los romances del aparecido, y de Luis Candelas, y de Fierabrás, y de…

-¿Quiere usted que lo probemos? –preguntó D. Ramiro al aldeano.

-Sí, sí; porque estos, cuando ofrecen no callan la boca.

Se marcharon todos con el babiano a la taberna más próxima, como es de rigor que en tal sitio se formalice el contrato, y allí, sentados alrededor de una mesa, leyó, escribió, púsose una suma de dos sumandos larguísimos, inacabables; dijo las pesetas y los duros que son tantos reales, y los reales que contienen tantos duros y tantas pesetas, y explicó, al fin, dándose mucha importancia, el problema del gitano en la iglesia de tres altares.

-¿Y doctrina cristiana? –prguntó don Ramiro.

-Eso no hay que decirlo, porque me sé el catecismo de memoria. Y además enseño a ayudar a misa.

Cuanto al precio, no hubo regateo. El babiano pidió treinta duros por toda la temporada, desde diciembre a marzo, con obligación de dar escuela también de noche, y comida y cama un día en casa de cada vecino. Todo ello le fue concedido. El babiano se despidió de sus compañeros de feria, y con los aldeanos contratantes partió para la aldea.

-Parece que van todos ellos satisfechos del negocio- dijo José Miguel.

-Indudablemente, -repuso D. Ramiro-. Los aldeanos dicen de nosotros que corbata y gabán ellos, con tanto perifollo ellas, las manos tan blandas de no trabajar, y sin castigar apenas –porque es de notar que todos estos babianos golpean a los niños bárbaramente- no se amoldan a los pueblos. Además matamos a los “neños” haciéndoles que se laven, sobre todo en invierno cuando el agua está tan fría , y que se corten el pelo, las uñas y otras geografías. Si pasan ustedes junto a la escuela de un babiano, no oirán sino el eterno canturreo: ce a ca, eme i mi, ese a sa, camisa; de e de; ese e se; de a da; de seda; y así una, dos horas.

-Me ha sorprendido –dijo José Miguel- una de las habilidades del babiano, de la que ha hecho mucho mérito.

-¿Se refiere usted a la de tocar el acordeón?

-Efectivamente; y no me explico la relación que puede haber entre la enseñanza escolar y el arte de tocar tan molesto instrumento.

-¿Molesto? En estas aldeas enloquece al vecindario. Aquí para bailar la gente joven encuentra suficiente pretexto en el ruido acompasado que produce una cuchara sobre una sartén o caldero, y multitud de bailes he visto yo organizados sin otro instrumento musical. En este particular son de un primitivismo encantador. Así es que cuando el instrumento tiene la categoría de acordeón no hay filarmónica comparable. No es, pues, que se relacione éste con la escuela; es un incentivo más que menciona el babiano con miras a la contratación.

-Me explico la satisfacción de los aldeanos. Se llevan un maestro que enseña según el gusto del pueblo, y que es además una banda de música… ¡Estamos perdidos, amigos! ¿Y usted que dice, D. Saturnino?

-Que me reconozco con menos habilidades que el babiano, y que en caso de comparación ante el tribunal popular no me dolería la derrota.

Rióse D. Ramiro y dijo:

-La clase de día que dan estos maestros apenas tiene importancia. Pero por la noche es ella. Se reúnen en una cuadra, porque no se dispone de otro local en las aldeas, treinta o cuarenta personas entre niños, niñas, mozos y mozas. No hay otra luz que un mal candil de petróleo, con un humo apestante, el cual, unido al hedor que exhalan aquellas gentes y a los vahos del estiércol, producen una atmósfera cálida y densa, capaz de arrancar náuseas del estómago más probado. Los mozos suelen apagar la luz y prorrumpen en relinchos, chillan las mozas, lloran los chiquillos, alborota el babiano, golpeando con la cayada en el techo, porque sobre el suelo no haría ruido, y se arma una baraúnda infernal, un pandemonium infinito…, que termina tirando el babiano el acordeón y armándose un baile agarrao, y… a tragar polvo, sudor y briznas de estiércol, Yo he asomado en una ocasión las narices por uno de estos bailes , y no olvidaré jamás la impresión… Un candil colgado de una viga del techo; el babiano tocando el acordeón sobre un cesto invertido; un enjambre de chiquillos sentados a sus pies y cantando el aire del acordeón hasta desgañitarse, y dando golpes a compás con las almadreñas, y un revoltijo informe de caras rojas, brillantes, sudorosas entre el vaho de los alientos…

-¡Me siento derrotado! –repetía una y otra vez el melancólico D. Saturnino.

-Y así hasta Pascua Florida –prosigue D. Ramiro- en que el maestro de Las Babias termina su misión. Cobra sus pesetas, compra su par de botas y alguna prenda de vestir en la villa cercana y se vuelve a su tierra.

-Con el contrato para el año siguiente, por su puesto –dice José Miguel.

-De ningún modo. No hay babiano que pase dos temporadas seguidas en el mismo pueblo. Bien es verdad que dicen los aldeanos que conviene cambiar cada año de maestro, porque los chicos torpes aprenden mejor, y para que los demás no tomen confianza con aquel ni aquel con ellos, y les casque de lo lindo… Y ahí tienen ustedes lo que son y lo que hacen estos maestros migratorios.

En esta conversación habían vuelto los tres compañeros al puesto de babianos. La contratación estaba en todo su apogeo. Aldeano había que miraba al babiano por delante y por detrás, como si se tratase de uno de tantos ganados expuestos en el ferial; otros pasaban media hora regateando una peseta; pero a la postre todos fueron contratados, y más que se hubieran presentado, hasta el punto de que uno de ellos ofreció escribir a su pueblo pidiendo una remesa de “funcionarios públicos” para satisfacer en su totalidad las necesidades culturales de la comarca.

A media tarde se despidieron D. Saturnino y José Miguel de su compañero D. Ramiro, y sin peripecia digna de mención volvieron a sus respetivas aldeas.

.

NOTAS:

(1) Ruso: gabán de paño grueso (RAE)

(2) Lete: el pueblo donde se realizaba y aun se realiza el mercado de ganado es Gera (Tineo). Se ignora por qué el autor cambia el nombre. Probablemente para no señalarlo dando a entender que podría haber sido cualquiera de la zona (Hago notar que ya algún otro gran autor en lengua castellana tuvo especial interés en que ocurriera lo mismo en su genial novela).

(3) …: el capítulo continúa con descripciones sobre el agreste y admirable paisaje de las montañas y valles de la zona.

(4) De las 4 clases: sumar restar, multiplicar y dividir.

(5) ¿Cuánto valen siete sardinas y media a perrina y media sardina y media”? Es de suponer que si una sardina y media vale una perrina y media, una sardina valdrá una perrina, y media sardina media perrina. Por tanto, siete sardinas y media valdrán siete perrinas y media. Esto es lo que hoy en día “los modernos” llamamos matemática re-creativa.

0

VIAJE POR LAS ESCUELAS DE ASTURIAS

II. Cangas de Tineo. La feria de maestros

Cangas quiere decir quebradas. Las Cangas de Tineo, como las de Onís, ásperas, montuosas, no parecen del país de Asturias que encontraremos aguas abajo del Nancea. Un asturiano muy agudo, aun en Asturias, donde abundan la agudeza del ingenio y el buen discurso, ve con cierto rece o mi entrada por el puerro de Leitariegos.

- Le gusta el paisaje, ¿verdad? Seguramente le ha impresionado, porque observo que usted tiene todavía un concepto bastante romántico de la naturaleza. Sin embargo, usted viene visitando escuelas. Yo le luego que no forme concepto de Asturias mientras no recorra la costa.

- Pero ¿esto no es Asturias?

- Sí… Y no. En general conviene desconfiar de los grandes lienzos panorámicos que nos proporcionan las montañas. A paisajes soberbios, escuelas pobres. Lo pintoresco está siempre muy descuidado. A muchas cosas les quita usted la mugre, o el moho, o la pátina, y dejan de ser pintorescas. Por eso creo que haría usted bien en prescindir de es deplorable leyenda que usted conocerá…

- ¿Leyendas de los hombres osos? ¿Las figuras pálidas y vellosas, que describía hace tres cuartos de siglo don José María Cuadrado con inarticulados gritos por lenguajes? ¿Los niños y mujeres huyendo con espanto al desacostumbrado ruido de las pisadas de un caballo?... Esa leyenda se deshizo ella sola y así he podido comprobarlo desde el automóvil.

- No, señor. Otra cosa que, si ha existido, ya no existe. ¿Piensa usted hablar de la feria de maestros?

¡Esto le preocupaba a mi amigo de Oviedo! ¡La feria de maestros! Aunque no quisiera, debería hablar de ella; pero yo no cometeré la torpeza de verla como una especie de sainete. La llamada feria de maestros es, para mí, una prueba plena –honda y conmovedora- de la voluntad de esta raza, que se resiste a caer en la ignorancia y lucha contra su pobreza y contra el abandono en que la dejamos. La misma voluntad causa dos efectos de apariencia muy distinta, en el fondo iguales: la feria de maestros y las fundaciones de los indianos.

En tierra de León al pasar por Babia, y especialmente al encontrar algún campesino del valle de Omaña nos hablaron de los maestros babianos como de una institución actual. Es falso que tengan hoy sitio en la feria, junto al ganado; pero todavía van a Asturias muchos mozos de Omaña y Babia a ofrecerse de diciembre a marzo, según tradición.

- Y si espera usted unos días –me dijeron- los verá volver juntos. A veces llenan un autobús.

Podrá haber cambiado aquella forma ritual, tan pintoresca; pero el hecho sigue siendo el mismo y no hay razón para que la costumbre se pierda, pues no ha cesado la necesidad que la creó.

La población de estas Cangas se halla esparcida en pueblos y aldeas, la mayoría sin maestros. Cangas de Tineo reúne en un solo concejo cerca de setenta lugares. No llega a tener cuarenta escuelas. En invierno las comunicaciones son penosas: quedan las aldehuelas de aquellas brañas aisladas por la nieve. Los niños no pueden exponerse a los azares de una caminata de varios kilómetros. ¿Son estos pueblos los que envían sus comisionados a! ferial? Yo he visto dibujada al aguafuerte, es decir, muy acentuado el carácter local, precisamente por un inspector de escuelas asturianas, el señor Onieva, estas escenas de la feria de Lete -que no es Lete-. Describe Como buen novelista a los babianos, vestidos de pana, su boina, su bufanda y una gran mochila a la espalda; bota fuerte guarnecida de clavos, reloj con cadena muy llamativa. Su garrote de nudos o su cayada, con labores hechas por ellos mismos a punta de navaja. Estos babianos se agrupan en un lugar determinado de la feria. Venía la comisión del pueblo. Escogía uno: “Vamos a ver: ¿qué sabe usted?” Todos sabían leer, escribir, el catecismo las cuatro reglas y los problemas sencillos que pueden ayudar a la inteligencia de un aldeano. Hecha la elección y demostración de su ciencia ante buenos peritos, ajustaban el precio por temporada, de diciembre a marzo. Solía ser el precio de treinta a cuarenta duros y el maestro sin título se comprometía a dar escuela por la noche para los adultos. Onieva dice que eran preferidos los que supieran tocar el acordeón, porque en las veladas de invierno esta habilidad tenía mucha importancia para mozos y mozas. Falta sólo decir que los maestros babianos, o de Omaña, dormían y comían un día en cada casa. Así no eran gravosos para ninguna. Yo apunté en Villablino que por esta particularidad de su contrato se les llama catapotes. Y altero aquí el tiempo del verbo. Porque los leoneses consideran viva todavía la institución de estos maestros legos, practicantes o machacantes, cuyo trabajo de roturación o de desbroce se limita a las primeras letras, pero que no dejan de cumplir humildemente un elevado fin.

Al referir a don Ramón María del Valle Inclán esta práctica de las montañas de Asturias, pensando en el maestro y en su contrato temporal, remontaba a la época romana esta especie de servidumbre, y recordaba versos de Marcial, desde Bíbilis, cantando primero el buen trato –es decir, el pote- y luego quejándose de su esclavitud. Al maestro babiano, marzo lo emancipa. Se lleva unos duros de plata o unos billetes. Ha hecho recitar muchos millares de veces el silabario y la tabla de multiplicar. Gentes frías y calculadoras, se vuelven a su casa sin dejarse prender en el llar de ninguna cocina

Viaje por las escuelas de Asturias

Luís Bello

Ediciones KRK

....

En este mismo libro, en la introducción de Agustín Escolano Benito (pp.21-22)

"No sólo en Asturias cundió este tipo de docentes. Luis Bello encontró asimismo ambulancias pedagógicas -denominación que aludía a su carácter itinerante y a las urgencias culturales que cubría- en otros lugares del país. Muy frecuentes fueron los enseñaores o maestros perrilleros de Andalucía, también llamados cortijeros por vagar de cortijo en cortijo iniciando a los niños y adultos en las letras, cálculos y preces. En Galicia, como ha estudiado Narciso de Gabriel, deambularon por las parroquias rurales los maestros de ferrado, denominación que alude a la unidad de medida del pago en especie con que se les remuneraba. Y en todas las tierras circularon los llamdos maestros ciruela, enseñantes sin título que practicaban el nomadismo pedagógico movidos más por la necesidad que por la misión."

0

LAS ESCUELAS TEMPORERAS O DE MAESTROS BABIANOS

5. LAS ESCUELAS TEMPORERAS O DE MAESTROS BABIANOS

Como hemos señalado anteriormente, existía otro colectivo de escuelas numeroso, las denominadas Incompletas y de Temporada, caracterizadas por la precariedad de fondos, la carencia de titulación de los maestros y la impartición de una enseñanza rudimentaria, similar a la que hemos denominado «Escuela de Primeras Letras» del siglo XVIII. Tales escuelas subsistían, sobre todo, en zonas montañosas aisladas donde proliferaban unidades de población reducidas (aldeas, caserías, brañas) y con serios problemas de comunicación con los pueblos colindantes por la dificultad de los caminos y la rigurosidad del clima. Ambas modalidades escolares eran desempeñadas por maestros sin título, hombres procedentes del medio rural, habituados a las dificultades del mundo campesino, con escasos conocimientos instructivos pero capaces de alternar el oficio de maestro con otros necesarios en la aldea: escribano (escribir documentos de compraventa y contratos, cartas, cuentas o sencillos pedidos comerciales), músico (animar las largas veladas invernales) o maestro de adultos (repasando saberes básicos para los muchachos que iban a trasladarse a América).

La importancia numérica de las escuelas de temporada es evidente: las Memorias de la Universidad censaban 214 en 1863, 222 en 1864 y 176 en 1876, perviviendo tal modalidad hasta bien entrado el siglo XX. La valoración que de las mismas hacía el Rectorado pone en evidencia la inadecuación de este modelo instructivo: «También se ven con disgusto las escuelas de temporada, y a decir verdad no puede esperarse de ellas mucho provecho. Abiertas por sólo seis meses en cada punto, si se reducen los días en que o por la intemperie de las estaciones, o por as ocupaciones del campo o por otras causas los niños no han de asistir a ellas, será muy poco lo que aprenden, y eso para olvidarlo fácilmente en unas vacaciones de seis meses continuos».71

Genéricamente, los maestros de temporada recibieron la denominación de «Maestros Babianos» por su inicial procedencia de la región leonesa, limítrofe con Asturias, de la Babia, aunque no fueran originarios de esa zona sino de otras próximas como Las Omañas y toda la montaña leonesa. La preferencia por maestros del otro lado de la Cordillera Cantábrica estribaba en que impartían sus escasos saberes en un limpio y nítido castellano sin las modalidades morfológicas o terminológicas del asturiano o bable, habla que no se consideraba adecuada para ser enseñada en la escuela. El carácter ambulante de tales maestros hace que sean identificados también como «maestros lazariegos» en Tineo, o como «maestros catapotes» en Villablino, por ser alimentados alternativamente en las distintas casas de la aldea, o simplemente como «maestros sin título». Los sistemas de contratación eran primarios pues los llamados maestros acudían a las ferias de ganado celebradas en otoño en las zonas altas para «ajustarse» con una Comisión del pueblo, previo examen oral y público del maestro, al que mandaban leer en algún libro manuscrito del registro parroquial que llevaban a la feria con el beneplácito del cura. Otras veces la comisión vecinal se auxiliaba de un maestro titulado que realizaba algunas preguntas al maestro babiano que, si superaba la prueba, era contratado durante los seis de invierno por una cantidad que oscilaba entre las 75 y l00 pesetas, procedentes de los fondos comunes del pueblo. 72

Ello dio origen a una literatura crítica que hablaba de la «Feria de los Maestros»73, utilizando tal expresión para poner de manifiesto la consideración mercantil, casi despreciable, que se hacía de la figura del maestro. No todos los propagandistas de la enseñanza coincidían en esa opinión pues F. Canella después de reconocer lo inadecuado del sistema afirmaba que tales escuelas «reportan utilidad evidente en esta región de población diseminada» y L. Bello, ya en el siglo XX, pues pervivían las escuelas temporeras, insistía en que, más que una deplorable leyenda, constituían una buena muestra de la lucha contra la ignorancia por parte de los sectores más aislados y abandonados de la sociedad, entre los que «estos maestros no dejan de cumplir humildemente un elevado fin».74

Las clases se desarrollaban en locales no específicos según las disponibilidades existentes, pero era frecuente que se establecieran en las casas de la aldea, por turno o seleccionando la más adecuada, a cubierto en el atrio de la capilla, bajo un hórreo o en el tendejón de una cuadra. Las escuelas incompletas eran permanentes siempre que hubiera fondo para sostener1as, mientras que las de temporada funcionaban solamente unos meses al año, normalmente cinco o seis desde noviembre a marzo, para aprovechar los largos inviernos, cuando la población infanti1 era menos necesaria en las labores agrícolas y ganaderas. 75 Las lecciones impartidas en estas escuelas pueden ser consideradas meramente elementales pues se reducían a leer sobre documentos manuscritos del archivo parroquial o de tipo notarial, escribir sobre una pequeña pizarra y aprender las operaciones básicas de aritmética, tras recitar reiteradamente las tablas de multiplicar y dividir. Todo ello, según F. Canella, «... metido forzosamente en la mollera de los niños con repetidos ejercicios prácticos», entre los que destacaba el «problema de las sardinas» (Si una sardina cuesta real y medio, ¿cuánto costarán docena y media de sardinas?). Su especialidad era la repetición monótona y asonada de algunos conocimientos básicos del catecismo o de historia, el silabeo permanente y las tablas aritméticas, siendo calificados por E. Bello como «… maestros legos, practicantes o machacantes, cuyo trabajo de roturación o desbroce se limita a las pequeñas letras». La enseñanza impartida en las escuelas temporeras experimentó ciertas modificaciones cuando llegaron a las aldeas de montaña algunos útiles escolares adquiridos en los comercios de las villas próximas, sobre todo libros de texto elementales cuyas lecciones memorizadas iban incorporando los maestros babianos a su bagaje cultural. También hay testimonios de la utilización, aunque tardía, de cuadernos de caligrafía y del libro El manuscrito, de Paluzie con ejercicios de grafías distintas y textos aplicados (cartas comerciales).

NOTAS

71 Memoria de la Universidad de Oviedo, Curso 1860-1861, p. 110

72 Hay algunos relatos periodísticos y literarios sobre los «maestros babianos que insisten en la importancia y específica labor educativa de estos profesores: A. J. ONIEVA reflejó en distintos escritos esta realidad y describió la «Feria de Maestros» de Gera (Tineo) en su novela Entre montañas. En la misma 1ínea, MA NUEL S. FIDALGO ha recogido testimonios similares en algunos artículos periodísticos (La Nueva España, 23 de noviembre de 1983) a partir de informes procedentes del profesor J.M FERNÁNDEZ PAJARES, erudito conocedor de nuestra tradición escolar.

73 Las Ferias de Maestros forman parte también de la tradición escolar de otros países como Francia a donde acudían señalándose públicamente por su vestimenta y por portar un sombrero con varias plumas que denotaban su preparación: una pluma significaba que sabía enseñar a leer, dos que también practicaba la escritura y tres que impartía las llamadas cuentas aritméticas. En Asturias, según los testimonios de la época, los maestros babianos se presentaban en círculo en un extremo de la feria de Gera (Tineo), que se celebraba el tres de noviembre, vistiendo traje de pana, bota alta, polainas y llevando en la cabeza una especie de gorro cónico rematado en un pompón colgante.

74 Véase L. BELLO: Viaje por las escuelas de Asturias, Gijón. 1985. p 29

75 Las actividades del maestro temporero se interrumpían si las necesidades lo requerían, por ejemplo cuando los niños colaboraban en la recogida de la castaña, o si las condiciones climatológicas se endurecían, en época de fuertes nevadas. Estos maestros generaron la aparición de algunas tradiciones que todavía se narran en algunos pueblos, como es la de «correr el gallo» que consistía en pedir un aguinaldo especial para comprar el mejor gallo de la aldea y regalárselo al maestro, entrega que realizaba el niño que hubiera sido capaz de atrapar al animal que era previamente soltado en el exterior del lugar donde se impartían las clases.

LOS PATRONOS DE LA ESCUELA.

Historia de la Escuela primaria en la Asturias contemporánea, pp 74-76

AIDA TERRON BAÑUELOS

ÁNGEL MATO DÍAZ

Ediciones KRK

3

LA FERIA DEL MAESTRO

0

NOTICIA EN LA VOZ DE ASTURIAS y EL COMERCIO

Tineo retoma la Feria de los Maestros de Gera ( La Voz de Asturias - 02/11/2007 )

Gera celebra la 'feria de los maestros' (El Comercio -03/11/07)

0

Bellezas de Asturias

DE TINEO A GRANDAS DE SALIME

A corta distancia de Tineo se encuentra la parroquia de Santullano, donde existe una de las manifestaciones más grandes del paganismo contemporáneo. Cuando se muere una persona, detrás del féretro va una mujer con una cesta en la cabeza cubierta con un paño blanco, en la que lleva la ofrenda, consistente en dos botellas de vino, un pan y un rabadal (espinazo y rabadilla) de cerdo, saliendo el rabo por debajo del paño; es de ritual que el rabo vaya a la vista.

La mujer llega con la ofrenda al pie de la sepultura, alrededor de la cual da una vuelta, y luego entra en la iglesia y la coloca delante del túmulo. Al final de las exequias, el sacerdote la bendice y después de rezar el responso, la mujer la lleva a casa del párroco, quien ha intentado varias veces suprimir esta costumbre y no se lo han consentido sus feligreses.

Luego viene el pueblo de Jera, donde el cuatro de noviembre se celebran grandes ferias de ganados, de instrumentos de la branza y útiles de uso doméstico. Las mozas vaqueras, debajo del castañar, ejecutan graciosos bailes; son altas, algunas muy bellas; cubren sus cabezas con pañuelos atados bajo la barba, las faldas son colorinescas y las bocamangas de las blusas están adornadas con una especie de entorchado en forma de sierra; en la cintura traen prendido un pañuelito bordado, blanco, azul o encarnado; calzan botas y medias de lana ordinaria.

Por la noche la gente enciende grandes hogueras, al aire libre, para calentarse. En todas las casas se juega y dan de comer. De las garmalleiras penden grandes calderos de comida que se renueva continuamente sin acabar de cocer y la sirven en platos que no se lavan; hay docenas de personas esperando que otros terminen su comida para cogerles el plato y acercarse con él al caldero para que se lo llenen. Veo llegar un mozarrón con una aguijada untada de barro y otras porquerías, la mete en el caldero, y revolviendo con ella rápidamente la bazofia, dice:

—¿Quién despacha aquí?

A la una de la mañana, siete jóvenes gitanas bailan una zambra en medio de la carretera, al compás de palmadas y canciones entonadas por los gitanos. Entonces las mozas vaqueras también quieren lucir sus habilidades: comienzan a bailar el «rebudixu», al son de cantares que les cantan varias personas colocadas al lado del baile:

—Qué llevas en esa saya que tanto vuelo le das.

—Llevo rosas y claveles

para el santo del lugar,

un poquito de sandunga

mucha honra y nada més.

Una de las cosas que más me llaman la atención en esta feria es «la contrata de maestros».

A fines de octubre los vecinos de los pueblos de las montañas que tienen lejos la escuela nacional, se reúnen en conceyu y nombran una comisión para que baje a la feria a contratar un maestro que ponga escuela a sus hijos.

Estos llamados maestros, cuya instrucción es la que recibieron en la escuela de su pueblo, son jóvenes de veintitrés a treinta años; vienen en grupos de Laciana y otros lugares de las Babias, con una especie de zurrón a la espalda, y muchos de ellos traen un acordeón.

Sobre el puente de Jera veo unos cuarenta «en contrata», con las comisiones. Ganan de ciento cincuenta a doscientas pesetas y mantenidos por poner escuela de noviembre a abril, ambos inclusive. Cada padre les da de comer y cama tantos días como hijos manda a la escuela, y así andan turnando de casa en casa. El que trae acordeón lo toca los domingos para que bailen las mozas.

Estos vecinos que viven en las brañas lejanas, desde tiempo inmemorial vienen empleando este sistema de enseñanza, y gracias a él, sus hijos saben leer y escribir. No hay que pensar en que los niños pueden ir a las escuelas nacionales, dada la gran distancia a que se encuentran, con caminos cubiertos de nieve y frecuentados por los lobos en el invierno y caldeados por el sol en el verano.

Tomado de “Bellezas de Asturias”

Aurelio del Llano, 1928

2

Día 3 en Gera - Feria de Los Santos


Se dan cita ganado del concejo de Tineo y de los de alrededor, además de maquinaría agrícola.


Para hablar de la Feria de Los Santos en Gera hay que volver la vista atrás. Esta feria, en sus buenos tiempos, durante los varios días que duraba, movilizaba a miles de cabezas de ganado, siendo consideraba la mejor del Norte de España, pues a ella llegaban con sus reses ganaderos, no sólo de Asturias sino también de Galicia y Castilla-León, y compradores del País Vasco, Cantabria, Valencia, etc.

Hace años, aparte de ser la más importante feria ganadera era también la "Feria de los Maestros". En esta Feria de Los Santos en Gera era donde los vecinos de muchos pueblos del Concejo de Tineo contrataban a los maestros de temporada, que recibieron la denominación de "maestros babianos" por su inicial procedencia de la región leonesa de La Babia. En algunas zonas de Tineo también se les denominaba "maestros lazariegos". Estos se situaban en un círculo en un extremo de la Feria de Gera y, según dicen, vestían traje de pana, bota alta, polainas y llevaban en la cabeza una especie de gorro cónico rematado en un pompón colgante.

Aquellos tiempos de fines del XIX y principios del XX han pasado. Los maestros ya no se alojan en casas particulares, por turnos, tampoco dan las clases en dichas casas, en la capilla o bajo un hórreo. Aquel mundo ha quedado, afortunadamente muy atrás. Hoy la educación es otra cosa, las ferias también y cualquier tiempo pasado no siempre fue mejor.