5. LAS ESCUELAS TEMPORERAS O DE MAESTROS BABIANOS

Como hemos señalado anteriormente, existía otro colectivo de escuelas numeroso, las denominadas Incompletas y de Temporada, caracterizadas por la precariedad de fondos, la carencia de titulación de los maestros y la impartición de una enseñanza rudimentaria, similar a la que hemos denominado «Escuela de Primeras Letras» del siglo XVIII. Tales escuelas subsistían, sobre todo, en zonas montañosas aisladas donde proliferaban unidades de población reducidas (aldeas, caserías, brañas) y con serios problemas de comunicación con los pueblos colindantes por la dificultad de los caminos y la rigurosidad del clima. Ambas modalidades escolares eran desempeñadas por maestros sin título, hombres procedentes del medio rural, habituados a las dificultades del mundo campesino, con escasos conocimientos instructivos pero capaces de alternar el oficio de maestro con otros necesarios en la aldea: escribano (escribir documentos de compraventa y contratos, cartas, cuentas o sencillos pedidos comerciales), músico (animar las largas veladas invernales) o maestro de adultos (repasando saberes básicos para los muchachos que iban a trasladarse a América).

La importancia numérica de las escuelas de temporada es evidente: las Memorias de la Universidad censaban 214 en 1863, 222 en 1864 y 176 en 1876, perviviendo tal modalidad hasta bien entrado el siglo XX. La valoración que de las mismas hacía el Rectorado pone en evidencia la inadecuación de este modelo instructivo: «También se ven con disgusto las escuelas de temporada, y a decir verdad no puede esperarse de ellas mucho provecho. Abiertas por sólo seis meses en cada punto, si se reducen los días en que o por la intemperie de las estaciones, o por as ocupaciones del campo o por otras causas los niños no han de asistir a ellas, será muy poco lo que aprenden, y eso para olvidarlo fácilmente en unas vacaciones de seis meses continuos».71

Genéricamente, los maestros de temporada recibieron la denominación de «Maestros Babianos» por su inicial procedencia de la región leonesa, limítrofe con Asturias, de la Babia, aunque no fueran originarios de esa zona sino de otras próximas como Las Omañas y toda la montaña leonesa. La preferencia por maestros del otro lado de la Cordillera Cantábrica estribaba en que impartían sus escasos saberes en un limpio y nítido castellano sin las modalidades morfológicas o terminológicas del asturiano o bable, habla que no se consideraba adecuada para ser enseñada en la escuela. El carácter ambulante de tales maestros hace que sean identificados también como «maestros lazariegos» en Tineo, o como «maestros catapotes» en Villablino, por ser alimentados alternativamente en las distintas casas de la aldea, o simplemente como «maestros sin título». Los sistemas de contratación eran primarios pues los llamados maestros acudían a las ferias de ganado celebradas en otoño en las zonas altas para «ajustarse» con una Comisión del pueblo, previo examen oral y público del maestro, al que mandaban leer en algún libro manuscrito del registro parroquial que llevaban a la feria con el beneplácito del cura. Otras veces la comisión vecinal se auxiliaba de un maestro titulado que realizaba algunas preguntas al maestro babiano que, si superaba la prueba, era contratado durante los seis de invierno por una cantidad que oscilaba entre las 75 y l00 pesetas, procedentes de los fondos comunes del pueblo. 72

Ello dio origen a una literatura crítica que hablaba de la «Feria de los Maestros»73, utilizando tal expresión para poner de manifiesto la consideración mercantil, casi despreciable, que se hacía de la figura del maestro. No todos los propagandistas de la enseñanza coincidían en esa opinión pues F. Canella después de reconocer lo inadecuado del sistema afirmaba que tales escuelas «reportan utilidad evidente en esta región de población diseminada» y L. Bello, ya en el siglo XX, pues pervivían las escuelas temporeras, insistía en que, más que una deplorable leyenda, constituían una buena muestra de la lucha contra la ignorancia por parte de los sectores más aislados y abandonados de la sociedad, entre los que «estos maestros no dejan de cumplir humildemente un elevado fin».74

Las clases se desarrollaban en locales no específicos según las disponibilidades existentes, pero era frecuente que se establecieran en las casas de la aldea, por turno o seleccionando la más adecuada, a cubierto en el atrio de la capilla, bajo un hórreo o en el tendejón de una cuadra. Las escuelas incompletas eran permanentes siempre que hubiera fondo para sostener1as, mientras que las de temporada funcionaban solamente unos meses al año, normalmente cinco o seis desde noviembre a marzo, para aprovechar los largos inviernos, cuando la población infanti1 era menos necesaria en las labores agrícolas y ganaderas. 75 Las lecciones impartidas en estas escuelas pueden ser consideradas meramente elementales pues se reducían a leer sobre documentos manuscritos del archivo parroquial o de tipo notarial, escribir sobre una pequeña pizarra y aprender las operaciones básicas de aritmética, tras recitar reiteradamente las tablas de multiplicar y dividir. Todo ello, según F. Canella, «... metido forzosamente en la mollera de los niños con repetidos ejercicios prácticos», entre los que destacaba el «problema de las sardinas» (Si una sardina cuesta real y medio, ¿cuánto costarán docena y media de sardinas?). Su especialidad era la repetición monótona y asonada de algunos conocimientos básicos del catecismo o de historia, el silabeo permanente y las tablas aritméticas, siendo calificados por E. Bello como «… maestros legos, practicantes o machacantes, cuyo trabajo de roturación o desbroce se limita a las pequeñas letras». La enseñanza impartida en las escuelas temporeras experimentó ciertas modificaciones cuando llegaron a las aldeas de montaña algunos útiles escolares adquiridos en los comercios de las villas próximas, sobre todo libros de texto elementales cuyas lecciones memorizadas iban incorporando los maestros babianos a su bagaje cultural. También hay testimonios de la utilización, aunque tardía, de cuadernos de caligrafía y del libro El manuscrito, de Paluzie con ejercicios de grafías distintas y textos aplicados (cartas comerciales).

NOTAS

71 Memoria de la Universidad de Oviedo, Curso 1860-1861, p. 110

72 Hay algunos relatos periodísticos y literarios sobre los «maestros babianos que insisten en la importancia y específica labor educativa de estos profesores: A. J. ONIEVA reflejó en distintos escritos esta realidad y describió la «Feria de Maestros» de Gera (Tineo) en su novela Entre montañas. En la misma 1ínea, MA NUEL S. FIDALGO ha recogido testimonios similares en algunos artículos periodísticos (La Nueva España, 23 de noviembre de 1983) a partir de informes procedentes del profesor J.M FERNÁNDEZ PAJARES, erudito conocedor de nuestra tradición escolar.

73 Las Ferias de Maestros forman parte también de la tradición escolar de otros países como Francia a donde acudían señalándose públicamente por su vestimenta y por portar un sombrero con varias plumas que denotaban su preparación: una pluma significaba que sabía enseñar a leer, dos que también practicaba la escritura y tres que impartía las llamadas cuentas aritméticas. En Asturias, según los testimonios de la época, los maestros babianos se presentaban en círculo en un extremo de la feria de Gera (Tineo), que se celebraba el tres de noviembre, vistiendo traje de pana, bota alta, polainas y llevando en la cabeza una especie de gorro cónico rematado en un pompón colgante.

74 Véase L. BELLO: Viaje por las escuelas de Asturias, Gijón. 1985. p 29

75 Las actividades del maestro temporero se interrumpían si las necesidades lo requerían, por ejemplo cuando los niños colaboraban en la recogida de la castaña, o si las condiciones climatológicas se endurecían, en época de fuertes nevadas. Estos maestros generaron la aparición de algunas tradiciones que todavía se narran en algunos pueblos, como es la de «correr el gallo» que consistía en pedir un aguinaldo especial para comprar el mejor gallo de la aldea y regalárselo al maestro, entrega que realizaba el niño que hubiera sido capaz de atrapar al animal que era previamente soltado en el exterior del lugar donde se impartían las clases.

LOS PATRONOS DE LA ESCUELA.

Historia de la Escuela primaria en la Asturias contemporánea, pp 74-76

AIDA TERRON BAÑUELOS

ÁNGEL MATO DÍAZ

Ediciones KRK