5. LAS ESCUELAS TEMPORERAS O DE MAESTROS BABIANOS
Como hemos señalado anteriormente, existía otro colectivo de escuelas numeroso, las denominadas Incompletas y de Temporada, caracterizadas por la precariedad de fondos, la carencia de titulación de los maestros y la impartición de una enseñanza rudimentaria, similar a la que hemos denominado «Escuela de Primeras Letras» del siglo XVIII. Tales escuelas subsistían, sobre todo, en zonas montañosas aisladas donde proliferaban unidades de población reducidas (aldeas, caserías, brañas) y con serios problemas de comunicación con los pueblos colindantes por la dificultad de los caminos y la rigurosidad del clima. Ambas modalidades escolares eran desempeñadas por maestros sin título, hombres procedentes del medio rural, habituados a las dificultades del mundo campesino, con escasos conocimientos instructivos pero capaces de alternar el oficio de maestro con otros necesarios en la aldea: escribano (escribir documentos de compraventa y contratos, cartas, cuentas o sencillos pedidos comerciales), músico (animar las largas veladas invernales) o maestro de adultos (repasando saberes básicos para los muchachos que iban a trasladarse a América).
La importancia numérica de las escuelas de temporada es evidente: las Memorias de
Genéricamente, los maestros de temporada recibieron la denominación de «Maestros Babianos» por su inicial procedencia de la región leonesa, limítrofe con Asturias, de
Ello dio origen a una literatura crítica que hablaba de la «Feria de los Maestros»73, utilizando tal expresión para poner de manifiesto la consideración mercantil, casi despreciable, que se hacía de la figura del maestro. No todos los propagandistas de la enseñanza coincidían en esa opinión pues F. Canella después de reconocer lo inadecuado del sistema afirmaba que tales escuelas «reportan utilidad evidente en esta región de población diseminada» y L. Bello, ya en el siglo XX, pues pervivían las escuelas temporeras, insistía en que, más que una deplorable leyenda, constituían una buena muestra de la lucha contra la ignorancia por parte de los sectores más aislados y abandonados de la sociedad, entre los que «estos maestros no dejan de cumplir humildemente un elevado fin».74
Las clases se desarrollaban en locales no específicos según las disponibilidades existentes, pero era frecuente que se establecieran en las casas de la aldea, por turno o seleccionando la más adecuada, a cubierto en el atrio de la capilla, bajo un hórreo o en el tendejón de una cuadra. Las escuelas incompletas eran permanentes siempre que hubiera fondo para sostener1as, mientras que las de temporada funcionaban solamente unos meses al año, normalmente cinco o seis desde noviembre a marzo, para aprovechar los largos inviernos, cuando la población infanti1 era menos necesaria en las labores agrícolas y ganaderas. 75 Las lecciones impartidas en estas escuelas pueden ser consideradas meramente elementales pues se reducían a leer sobre documentos manuscritos del archivo parroquial o de tipo notarial, escribir sobre una pequeña pizarra y aprender las operaciones básicas de aritmética, tras recitar reiteradamente las tablas de multiplicar y dividir. Todo ello, según F. Canella, «... metido forzosamente en la mollera de los niños con repetidos ejercicios prácticos», entre los que destacaba el «problema de las sardinas» (Si una sardina cuesta real y medio, ¿cuánto costarán docena y media de sardinas?). Su especialidad era la repetición monótona y asonada de algunos conocimientos básicos del catecismo o de historia, el silabeo permanente y las tablas aritméticas, siendo calificados por E. Bello como «… maestros legos, practicantes o machacantes, cuyo trabajo de roturación o desbroce se limita a las pequeñas letras». La enseñanza impartida en las escuelas temporeras experimentó ciertas modificaciones cuando llegaron a las aldeas de montaña algunos útiles escolares adquiridos en los comercios de las villas próximas, sobre todo libros de texto elementales cuyas lecciones memorizadas iban incorporando los maestros babianos a su bagaje cultural. También hay testimonios de la utilización, aunque tardía, de cuadernos de caligrafía y del libro El manuscrito, de Paluzie con ejercicios de grafías distintas y textos aplicados (cartas comerciales).
NOTAS
71 Memoria de
72 Hay algunos relatos periodísticos y literarios sobre los «maestros babianos que insisten en la importancia y específica labor educativa de estos profesores: A. J. ONIEVA reflejó en distintos escritos esta realidad y describió la «Feria de Maestros» de Gera (Tineo) en su novela Entre montañas. En la misma 1ínea, MA NUEL S. FIDALGO ha recogido testimonios similares en algunos artículos periodísticos (
75 Las actividades del maestro temporero se interrumpían si las necesidades lo requerían, por ejemplo cuando los niños colaboraban en la recogida de la castaña, o si las condiciones climatológicas se endurecían, en época de fuertes nevadas. Estos maestros generaron la aparición de algunas tradiciones que todavía se narran en algunos pueblos, como es la de «correr el gallo» que consistía en pedir un aguinaldo especial para comprar el mejor gallo de la aldea y regalárselo al maestro, entrega que realizaba el niño que hubiera sido capaz de atrapar al animal que era previamente soltado en el exterior del lugar donde se impartían las clases.
LOS PATRONOS DE
Historia de
AIDA TERRON BAÑUELOS
ÁNGEL MATO DÍAZ
Ediciones KRK
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